Furiosos por la velocidad

Los fanáticos de los fierros se reunieron en la capital puntana para participar, por un fin de semana, de la tercera fecha del Rally Argentino.

 

El viento Chorrillero envolvió a la ciudad de adrenalina. La provincia de San Luís se despertó con los fuegos artificiales y alguna que otra pirueta que realizaron los 51 pilotos representantes de sus provincias. A partir del viernes 9 de mayo y por ese fin de semana, tanto los medios como las calles puntanas salieron de la rutina y se vieron sacudidos por la excitación y las expectativas del público.

Si bien todo el espectáculo fue gratuito, lo cual hacía difícil saber la cifra exacta de la cantidad de espectadores posibles, el Director de Vialidad Bassi aseguró que esperaban cerca de 10.000 personas, “fanáticos fierreros” que siempre siguen a su equipo hasta los lugares más inhóspitos. Para ese espectáculo el Gobierno de San Luís debió contratar al Rally Argentino. “¿El precio? Cerca de 120.000 pesos”, confirmó Agustín D´Inca, uno de los encargados de prensa del staff fijo del evento.

La movilización que implica el Rally Argentino es la de prácticamente un pueblo: cerca de 500 personas, entre equipos mecánicos, pilotos, familias se trasladan, a modo de nómada, por distintas provincias para participar en las 10 fechas del campeonato. Los periodistas fijos son alrededor de 40 y las producciones que están a cargo de su cobertura completa son dos: “Producciones Campeones” y “Carlos Leginanies”. Ellos son los encargados de vender el producto a importantes canales de televisión como ESPN, Fox Sports, T y C Sports entre otros.

Tres fueron las provincias que recibieron al Rally, pero siete son las que provincias que faltan para completar los 16.000 Km. correspondientes a este campeonato. Esta fecha incluyó un total de 550, 76 Km.: 141,90 Km. de pruebas especiales y 408,86 Km. de enlaces. Los primes más importantes fueron los de “El durazno”, “El Trapiche”, “Potrero de los Funes” y el Súper prime (recorrido especial) “Autódromo Oscar A. Gálvez”.

Cámara interna de distintos pilotos de la categoría A6. Fuente: Esperanza Ordoñez.

En cada rincón de las sierras Centrales, los fanáticos intentaban ubicarse. Los lugares  privilegiados eran los más complicados para llegar. Algunos osados subían a algún monte con los larga vista colgados del cuello y una radiecito portátil que pegaban a la oreja para seguir, atentamente, las jugadas de los pilotos. La tranquilidad y la armonía de la naturaleza se rompían con una inundación de espectadores que, cada mañana, se adentraban entre la jarilla, los árboles y los ríos para ver pasar, por sólo segundos, a su equipo puntero.

Horas y horas de espera ayudaron a la formación de ese ritual. Entre el entretejido de tonadas, una guitarra o alguna radio perdida que resonaba a lo lejos, el rally se transformó en una excusa para muchos que aprovecharon y se reunieron con familiares y amigos. Expectantes de un imponente cielo diáfano en la sima de las cumbres escarpadas, no faltaron los que prepararon el fueguito. “Acá, el asado y el vino son un clásico”, comentó Juan Coppello, un ex corredor que sigue al rally desde hace varios años.

El ingenio popular para nombrar a los pilotos, los comentarios y la simpatía de los espectadores creaba un clima de amigabilidad en donde no hacía falta ser un experto para posicionarse como el más duro crítico. La edad no fue un filtro. “Acá, hay chicos desde los 2 años hasta cuando la edad empieza a pesar para movilizarse” explicó Raúl un hombre canoso que en sus viejas andanzas había sido mecánico.

El público se preparaba para las pasadas de los corredores. “Uh… ¡que muerto!” gritaba alguno de la tribuna. “Pisá el acelerador” se escuchaba a otro espectador como ofendido por algún auto que había pasado muy despacio. Una remera en el aire festejó una derrapada de un piloto que “venía a fondo”. Todos se levantaron y empezaron a piropear a la maquina y a su dueño que acababan de hacer una pasada impecable.

Diferentes tomas de distintos primes. Fuente: Esperanza Ordoñez

En medio de las sierras, cerca de un río, una mesa a modo de mostrador y al lado una parrilla de hierro, clavada en la tierra, con un poco de leña. Era el Kiosco, que en realidad lo único que vendía eran gaseosas en estado natural a $3.50, que al mediodía se acercaban más a la temperatura de un té que de una bebida refrescante. Vendía también choripanes a $3 y vacío con pan a $4. Este puesto estaba lejos de acercarse al del Autódromo que se parecía más a una caja de Pandora que a un kiosco. Ofrecía gran variedad de productos desde Champagnes hasta naranjas frescas, eso sí a un precio paradójicamente mucho más elevado.

El domingo a la tarde, los lugares del podio se ocuparon. El Autódromo recibió a los fanáticos por la velocidad con música y baile. Los pilotos entre la euforia y el cansancio de un largo recorrido se mezclaron con el público en la fiesta de la Gran Final. La provincia sintió la despedida, el fin de semana había pasado corriendo. Ahora el Rally Argentino se preparaba para despertar a la próxima ciudad.

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